Entre Caidas y Cruces

Se había desplomado de la carreta, cayendo encima del terreno pedregoso. Sintió un tremendo picazón y ardor, su brazo y mejilla derecha raspada. Los sacos de frutas y arroz que llevaba también se habían caído, algunas naranjas rodando más allá de donde se realizó el impacto.

Pareció ser que la rueda derecha se descolocó de la carreta, tal vez por el terreno brusco o falta de mantenimiento. La homogeneidad de su alrededor le ofreció poco para ayudarlo, viendo cómo ninguna orientación se destacó como posible camino de auxilio. Al tocarse la cara, sintió un calor húmedo, sangre derramándose entre los arcos de sus dedos.

Su caballo mientras tanto se quedó quieto, aparentando lealtad a su amo. Mas esta criatura tenía su instinto domado, y no era tanto el peso de su carga que lo detenía sino el compromiso que lo afianzaba.

Se alzó del piso, y sacudió tanto polvo como pudo de su vestimenta. Rasgada y agujerada en su costado derecho, le dio lástima al recordar aquellas manos frágiles y dulces que alguna vez la tejieron a su perfección. Amedrentado, prefirió no fijarse en la despensa perdida, y trató de enfocarse en la caída del sol que amenazaba con ofuscar cualquier habilidad para encontrarse de vuelta en casa. Decidió vaciar uno de los sacos de arroz que traía, observando ya perforada la tela, y la usó para limpiar la sangre de su cara, pero solo empañó su expresión aún más. Procedió a suspirar una declamación de coraje, insultando a su caballo.

Usualmente, este jinete era más quejumbroso que su bestia acompañante, cargando sus zozobras diarias entre gestos vencidos. En esta ocasión se encontraba frustrado por no haber obtenido instrucciones claras, habiendo viajado por un entorno desconocido. Como pudo liberó al caballo de la carreta, procediendo a apartarla a un lado del camino, temblando desde sus pies hasta sus dedos al poner el más mínimo esfuerzo para empujar. Procedió confianzudamente a empalmar los sacos que le quedaron después de dudoso rescate en los costados de su caballo, pero este le replicó con disgusto. Pensando en las impertinencias ya causadas, se dio por vencido y abandonó toda provisión.

Anduvo como pudo, ansiando dirección y viéndose revertir a una versión impúber bajo las mismas circunstancias que lo estremecían antes y ahora. No era la primera ni última vez que la tierra arrojaría piedras en su camino. El trayecto fue mudo, pero narraba con el polícromo de su paisaje una historia de encuentros diversos, simples pero impresionantes para la mente fructífera.

Vio pasar criaturas pequeñas y medianas, arbustos verdes y no tan verdes, algunos árboles cuyos brazos anchos parecían envolverlo entre miles de nervios que alimentaban organismos que algún día se dejarían ir. La tarde estaba cayendo, y de repente el filtro se volvió un naranja intenso que rociaba con deseo de despojar todo aquello que evitara el pensamiento profundo.

Él ya tenía su corazón herido desde hacía mucho tiempo, durante aquellos días que solo podía ver a través de los marcos de las ventanillas labradas por su padre. Cuando la ropa le empezó a quedar más a disgusto con el acelerado paso de su crecimiento físico. Cuando se le impuso ayudar a estrangular a las gallinas con su abuelo, mirando después con repulsión el vaivén del cuerpo inerte de la criatura vuelto platillo para la cena. Durante aquellos tiempos que la sazón de su madre saciaba el paladar con aspiraciones y ánimo, se encontró muchas veces observando la luna desde el muelle soñando en las aldeas y en los pueblos lejanos, en los carruajes motorizados y como engrane quería encajar un día en un artilugio virtuoso.

Por tan quiméricos que fueran sus anhelos, y tan visceral su dilema existencial, la intensidad de las punzadas y su agotamiento le impuso un momento de enfoque en el presente en el cual pudo ver de lejos una penumbra roja entre el azulado atenuado del oscurecer. Esperando encontrarse con algún viajero, pero con temor de asalto o peor aún, muerte asegurada, prefirió descender del caballo con adelanto.  Procedió con sigilo, como si por asechar y contradiciendo el papel que según él se veía preocupado por asumir, se acercó a la figura trazada por el destello de las llamas rojas. Un anciano estaba allí a sus espaldas, sentado y al parecer durmiendo. A su lado un envase metálico medio lleno, y a su derecha lo que parecía ser una navaja encima de una libreta cuya contraportada parecía desgastada, como si toda la vida de este extraño estuviera en ella.

Temerosamente, el joven le llamó la atención, y este se despertó y despacio lo volteó a ver, de pies a cabeza.

Era su abuelo.

—¿Pero qué rayos haces aquí? Estuve a punto de coger mi revólver y darte por desconocido. —

—Perdóname abuelo, es que he tenido un accidente. No lo creerás, pero la carreta estaba dañada, estropeó el viaje al que me mandó mi padre. —

—¡Oh, Dios que mira cómo te has dado en la cara! Ven acá y guarda silencio un minuto. —

Su abuelo se acercó hacia un costal no muy lejos de la fogata, y alcanzó unos trapos y un frasco de agua. Se los ofreció a su nieto y lo apaciguó con un relieve de simpatía.

Se apretó un trapo como venda en su brazo lastimado, el otro humedecido en agua que sostendría en su cara mientras se limpiaba los trazos secos de sangre y tierra.

—¿Pues que no te envió preparado tu padre? Y aparte que tienes que aprender a asegurarte que tus herramientas siempre estén buenas y listas. Vaya que hasta lo que viene de tu propia casa puede venir jodido…y créeme que en prisas así no llegarás a ningún lado. —

Compartieron un momento de silencio, cual fue quebrado por el timbre de los metales dentro del costal en el que el señor se encontraba escudriñando. Logró agarrar un contenedor metálico, donde se hallaban tres o cuatro piezas de caramelo. En ese momento el abuelo decidió compartir un poco de dulzura para aliviar el temor del joven, viendo en él algo indiscutible y que había visto antes en sí mismo muchos años atrás.

El joven ingirió el caramelo lentamente, y preguntó, —¿Por qué estás aquí y no de vuelta en nuestro hogar? —

—Es más despejado aquí. —replicó su abuelo. —Tu madre me sofoca con su rigidez y tu padre me empacha con su ímpetu. Acá al menos respiro como quiero. —

—Ya somos dos entonces. —

—Tal vez. Pero yo ya me di muchos golpes en mi vida. Tú apenas comienzas a pelear con piedras en tu camino, espérate con aquellas que tengan latido. Por cierto, te has estado guiando en círculos, tengo tiempo de haber escuchado troteo a la distancia. Afortunadamente no estamos tan lejos de casa. Nos iremos de regreso pronto. —  

El abuelo le sonrió.

—No te preocupes, un día hallarás tu camino muy lejos de casa, y esa será una situación tanto a tu favor como en tu contra, pero tendrás dicha de trazarlo de principio a fin. —

El jinete en ese momento reduciéndose a miembro de rebaño, contempló la falta de vallas a su alrededor. Al restregar su mano por su frente sintió una calidez amena, su temperatura en declive en paralelo con su angustia. Se sintió mal por haber ofendido a su caballo, y decidió pedirle una disculpa con un murmullo y una caricia. Como solía hacerlo, después de un arrebato realizaba las paces consigo mismo al llegar a un momento de serenidad.

Esa misma noche se fueron a andar de regreso, la luna tan fulgente que todo de repente se volvió más claro que en el día.

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