El soplo agudo del viento asedia su mente con reclamos aberrantes, ajenos a sus conocimientos pero que indudablemente le protestaban por algo en nombre de la humanidad entera. No podía dormir entre estiramientos y volteos intermitentes, rodeado de paredes que parecían confinarlo en compañía de una realidad plagada por delirios y desconciertos incesantes.
Era una noche escueta y ausente de estrellas cuando Joaquín salió de la oficina horas antes aquella tarde del viernes. Un fin de semana cualquiera se había dicho a sí mismo, sin contemplar planes ni nada, angustiado por acomedirse con asuntos personales más allá de los esenciales.
Después del trabajo, Joaquín padecía de la profunda y pesadísima holgazanería, arrojándose a ella con tanta fe no muy distinta a la de un ferviente ludópata al lanzar los dados. Eran tantas las carpetas y los archivos con los que se enfrentaba día a día, que parecía que sus compañeros eran cómplices de una trama para enjaretarlo con la empresa entera. El destello de su monitor desgastaba su visión, palabras sobre temas de performance y ganancias impresas en tipografía tamaño doce para siempre en su mente. A veces miraba sus bolígrafos con tanto rencor, que se juraba entre murmullos y miradas desafiantes usarlos para firmar su renuncia, o mejor aún, escribir con más decisión y encanto su firma y la propina en los recibos aquellos de las cenas en el restaurante chino a unas cuadras de su apartamento, donde se hallaba esa chica con los cabellos rizados y sus labios tiernos que le apetecían más que cualquier platillo en su menú incapaz de saciarlo. Tal vez en una ocasión le anotaría su número de teléfono y pues por qué no, una carita sonriente seguida por una noche de ensueño y piernas enlazadas, pero no sería ni esta ni la que viene.
No era una exageración llamar sus vastos pensamientos empalagosos y en veces decepcionantemente frívolos, pero pocas veces se dejó atosigar en las ocasiones de buenas charlas con aquel cliente experto o el socio culto en temas de rendimiento disciplinado que contrastaba penosamente con su vida rudimentaria. Era cierto que a veces le entregaban sutil desprecio o por lo mínimo desinterés rodando en canicas negras y huecas, pero esto solo lo alebrestaba en las noches que salía tarde del trabajo y tenía que empalmarse a un silencio más espeso que desistía al sonar el tren a la distancia o el silbido al frotar su pulgar contra la rueda dentada para encender su cigarrillo.
Si algún aliciente tenía Joaquín de hablar con cualquiera, usualmente sería de temas de los cineastas devotos. Este se enaltecía de tanto saber de películas que, si algo despejaba en su calendario inexistente, definitivamente era tiempo para ver un buen filme. Joaquín tenía la tendencia de merodear en su mente intranquila, pero desistía de toda flagelación y se volvía poseyente de atención absoluta al transportarse en las aventuras vicarias en las cuales se enclavaba moralidades sostenidas por personajes increíbles en situaciones embellecidas por drama de las cuales se imaginaba partícipe como si su vida fuera otra. Los momentos en los que podía pregonar acerca de las hazañas de la pasión y las perpetuas aflicciones humanas como si fueran suyas lo salvaban de las monotonías castrantes en su realidad.
En su apartamento lo esperaba un hartazgo de platos sucios y algunos limpios pero que habían estado en el escurridor desde el lunes después del quehacer de los domingos, el único rito enquistado en su práctica habitual pero que se veía amenazado por los conjuros de aquellos burócratas que estimaban crecimiento del 20% en seguros e inversión, y por si fuera poco unos bonos o migajas para el próximo año nuevo. No muy lejos del compartimento de filtración obscenamente impuro del sistema de climas se encontraba recargada una escoba que amedrentaba con astillas, cuya temeridad sustancial era su cepillo nublado por un colectivo de pelusa y polvo que entregaba más de lo que recogía. Tanto sus ventanas, perillas, y vasijas, como cualquier elemento con potencial de brillar o perfilar reflejo, se encontraban sin lustre y sin vida.
Al entrar, Joaquín apartó sus llaves en un canastito pequeño enseguida de su entrada en la barra de la cocina. Se acercó al refrigerador y halló una lata de cerveza fría y desamparada que caería en sus manos cálidas y pronto en labios partidos. Las suelas de sus zapatos dieron su último andar frente a la alfombra grisácea que introducía la salita de estar, tan diminuta que se confundía por un rincón de almacenamiento impuesto ya por la decrepitud de su entorno. A pesar de todo, este rincón era el verdadero lecho del regocijo para Joaquín, donde cualquier desdicha se despojaba de él mientras se le permitía anhelar y soñar profundamente con los ojos abiertos. Una silla de plástico barato y con colchones de lástima lo abrazaron con mucho lujo al sentarse, seguido por una reclinación oblicua y modesta acompañada por rechinidos agonizantes. Una bocanada profunda seguida por un clic le abrió un portal de ideas infinitas, sumergido después por el cosquilleo del gas de su cerveza que lo despabiló momentáneamente y luego sosegado por el confort de su silla vuelta sillón en su relaje. En esta ocasión como solía todos los viernes bien agotado revisó el catálogo de su proveedor de cable en el canal siete y esperó hasta las diez cuando pasaran una película clásica, en esta ocasión Casablanca, la cual había visto meses antes con ojos entrecerrados y bostezos perturbadores. Si con suerte se quedara despierto, como pasaba en aquellas vísperas libidinosas, tal vez esperaría después de la media noche para disfrutar de las cintas de eróticos latidos y gemidos que le permitían albergarse en cariños transeúntes.
Faltarían no más de cuarenta minutos para la reposición de la película cuando el ocio y espíritu aventurero de Joaquín lo destinara al purgatorio de abalorios arrinconados en aquel canal de los productos “As Seen on TV”. Su presentador favorito, Marco Antonio Regalado, se encontraba como invitado especial supliendo por el vejestorio Gerineldo “Gerry” Guevara, ícono de la televisión de los tiempos de historias cautivantes y humanas en todos sus sentidos artísticos ahora reemplazadas por la programación reality que igual desplazó a este pobre hombre del escritorio y los aplausos a vender chucherías. Marco Antonio, de lo contrario, era un hombre joven, serio, y elocuente que hacía de los televidentes amigos de la niñez, pues sabía cómo tocar las cuerdas del corazón para mantenerlos hábiles consumidores en la época de autos, penicilina y fraternización sintético-electrónica. En una ocasión mientras grababa el programa matutino, ¡Todos Queremos ser Ricos!, Marco Antonio entregó un vehículo del año a una joven estudiante con deseos de ser científica. Antes de acabarse los cortos comerciales de cremas rejuvenecedoras y del “Vota por la democracia este 5 de junio,” se le quedó mirando a su reflejo en los espejos del carro antes de virar sus ojos hacia la joven y sonreírle con una mirada perdida y cegada por anhelos que no encontraría ni allí detrás de las cortinas pesadas ni frente a las cámaras y menos afuera entre las masas pidiéndole fotos y autógrafos.
Joaquín siempre quiso participar en el programa, pero lo más involucrado que se vio fue un sábado por la mañana cuando anotó en una servilleta el nombre de un aparato mágico y sabio que Marco Antonio prometió durante su segmento de novedades limpiaría a detalle los pisos de cualquier hogar con sus cepillos motorizados y sensores precisos. Cuando lo pidió en línea después de una contienda con su navegador lento, esperó hasta una semana después para que le llegara el aparatito robusto y con apariencia de un disco alienígena. Una tarde después del trabajo desenvolvió el Reluciente 2000 y lo sentó en el piso, oprimiendo el botón para encenderlo. En seguida el aparatito le causó gracia al ver cómo reclamaba su propia ánima, girando dirección para evitar contacto con los calcetines tirados, el maletín del oficio, las chaquetas y las sudaderas y las cajas vacías de cereal en seguida del comedor. Tan duro fue el rendimiento del pobre dispositivo inteligente que un día se quedó sin olfato ni medio de orientación, y dio su último aliento de vida debajo de la cama de Joaquín, terminando en el olvido y sin poder haber escrito un testamento para sus descendientes con consejos para lidiar con hogares de interminable descuido.
Esta noche Marco Antonio presumía de un aparato genérico compatible con numerosas marcas que a través de sensores le permitía a un dueño de cámaras de video la posibilidad de transmitir una fuente de imágenes sin conexión directa a su televisor. Joaquín sintió una tenue curiosidad escabullirse con el paso de los enunciados, y con sucinta lucidez recordó imágenes superpuestas procedentes de grabaciones en casete de ocho milímetros que acumulaban polvo en su superficie dentro de su armario detrás de donde se imponía él a sentarse y olvidar. Años de diversión y travesuras de rasgo juvenil con Octavio y Rocío y el entrañable Ignacio y también la terca pero coqueta de Suzana durante aquellos dulces tiempos de la facultad quedaron estampados en ondas magnéticas y patrones indescifrables, ajenos ahora a la mente esterilizada y optimizada para función elemental y de materia productiva. En algunos otros momentos de su vida deambularía en sus memorias con ojos humedecidos y en otros reaccionaría a risotadas o sonrisas ligeras en su habitación o su cubículo, hasta en su ritual cotidiano al concluir la jornada laboral donde se encontraba recargado al poste del semáforo en rojo entre la avenida Insurgentes y la tiendita de abarrotes de doña Augusta.
Cuando sus párpados se dejaron vencer por las incontables cifras de clientes satisfechos y las letanías de Marco Antonio, Joaquín cayó en un sueño profundo. Horas antes se había dado el gusto de pasar por el restaurante chino para una cena deleitable, llegando a sentarse no muy lejos de la barra donde operaban los empleados como acostumbraba. Estratégicamente, Joaquín llegó a una buena hora en la que su muñeca abstracta cargaba al mundo por encima de sus hombros ya que formaba parte del bajo personal nocturno, quienes clandestinamente en capillita se frecuentaban despreocupados en las esquinas invisibles de la cocina o entre intercambios de alquitrán y humo en la salida trasera por los basureros.
—Esta siempre anda de matada. —, susurraban los congregantes.
— ¿Cómo pueden estos con tanto descaro? —, murmuraba la mesera pasando por las aberturas de la cocina.
Mientras sus compañeros vacilaban ya que la percibían siempre tensa y distraída, la cajera a la distancia se encontraba conjeturando cómo es que no lograba hacer bien las cuentas de las transacciones de la jornada.
Joaquín nunca fue bueno para las cursilerías, pero en su corazón se postraba una palpitación que deseaba unirse en uno con esta muchacha de apariencia seráfica y de vestido ajustado a la cintura. Se llamaba Ámbar Escutia, y pudo haber egresado de la misma facultad de Joaquín si sus padres no la hubieran enjuiciado a los roles tradicionales de las hembras. Vedada de la libertad de ser mujer libre y soberana, lo dejó todo y lo intentó todo, pero ahora se encontraba aquí, en las entrañas del general Tso y del arroz frito, instruida en vez a repartir fortunas dentro de galletas crujientes y a veces rancias. Joaquín pidió lo mismo de siempre, pero esta vez como nunca le rugían las tripas, pero no de hambre sino de ansiedad y no era su estómago sino su corazón que venía implacable y hambriento. Después de que le llegara su platillo y su bebida, zarandeando los palillos chinos entre sus dedos quiso decirle algo a Ámbar, pero no se atrevió.
Quería cortejarla, la deseaba, y mucho. Ciertamente mucho más que cualquier partido de destreza en su mundo virtual y la vil voz monótona de su jefe dándole el pase este fin de semana para no ir a trabajar horas extras en el nuevo proyecto de auditoría. Era ahora o nunca, y el platillo se enfriaba, pero a Joaquín no le importó ni le cruzó a la mente cualquier fortuna que le dictara un papelito áspero. La veía pasar con ojos que oscilaban entre acechar y huir. Esos intercambios breves con ella y los que escuchaba entre ella y la cajera eran tan potentes, destacando una llaneza pura que lo volvía preso en su frustración, encogiéndose hasta volverse un granito de arena, digno de coexistir entre ese aire sofocante y esa ola fulgurante del calor más potente del Sáhara. Por fin emprendió ese viaje, y se enfrentó al calor ardiente como un beduino bien equipado. Al pedir la cuenta y esperar la entrega del recibo, Joaquín dio un trago a su vaso de agua y procedió a introducirse a Ámbar que se aproximaba paso a paso.
Al llegar a distancia conversacional, entregándole el cheque y con un gesto temeroso, le dijo,
—Discúlpame, pero, eh, t-tengo algo que decirte. —, dijo abruptamente. —Soy Joaquín, me has visto aquí seguido y yo a ti. —
Pausó brevemente.
—Me agradan tus expresiones y tu mirada, y bueno, también tus ojos. —
Ámbar sintió un rubor ilustrarle su piel pálida, un cosquilleo procedente a una timidez inepta recorriéndole en su rostro.
De tantas veces que cruzaron miradas en ocasiones anteriores, por primera vez se encontraron y con un reflejo donde se podía ver toda la humanidad y sus enigmas, profundas e interminables. Tratando de no parecer absorto o como bicho raro, transmitió un peso a sus manos intranquilas para aplacarlas, y la inercia del momento lo hizo desviar su mirada al pasillo que llevaba a la cocina, luego a las piernas de Ámbar, y para desapercibir, a la pata de la silla vecina y de regreso a los ojos de la mesera apenada.
—Eres muy amable, gracias. —, le dijo Ámbar, manteniendo una sonrisa simpatizante pero que igual demostraba una carencia en interacciones cortejantes.
Repentinamente, Joaquín se halló despilfarrando halagos vigorizados por una seguridad que no había obtenido hasta ahora. En estupor por la transformación de fulano que daba lástima en un caballero colmado por virilidad y misterio, Ámbar sucumbió al papel funesto que había de cumplir su madre y su abuela generaciones atrás cuando se sometieron al cautiverio de chifladuras de los trogloditas empelotados.
— ¿Te gustaría acompañarme a ir al cine uno de estos días? —, dijo Joaquín con una certitud que trascendía los planos de la realidad.
—S-sí. Por qué no. No he ido al cine desde hace tiempo. — replicó Ámbar.
—¿Cuál iríamos a ver? —
—Creo que hay una western buena el próximo fin de semana. Voy por ti ya sea aquí o en tu casa. No te preocupes, yo me encargo de llevarte y traerte.—, dijo Joaquín, esta vez con una sonrisa embriagada y con las cejas fruncidas tal como un galán de novelas.
—Sí claro que sí. Mira aquí te apunto mi número de teléfono.—, cedió Ámbar al abrir la cartilla donde estaba la cuenta, procediendo a anotar su número con letra suave y fina en el recibo.
Joaquín procedió a sacar su cartera de su bolsillo para entregarle una propina de unos cuantos billetes, cuando ella se impuso diciendo,
—¿Te veré esta noche? —
Sin pensarlo y sin sentir sus labios moverse, le contestó,
—Nunca hago planes con tanta anticipación. Pero por ti… —
Un estruendoso golpe entre el metal y el suelo se escuchó en la entrada a la cocina del restaurante cuando Joaquín frunció la cara por la disonancia del golpe auditivo, cerrando los ojos y abriéndolos a un vacío oscuro y con dolor tremendo del cuello. El azoteo fuerte en las ventanas acompañado por un soplo violento y chirriante del viento afuera le parecía silbar una melodía indiscreta que lo despertó de su sueño. Era Rick quien dijo lo último y la más recién visita de Joaquín al restaurante chino sería la última porque Ámbar no era Ámbar sino Leticia Domínguez, y Leticia en un rapto de cólera renunciaría esa noche del viernes a su cargo como mesera después de tanto acoso por parte del dueño y de los clientes que con solo sus miradas confundían a la pobre joven temerosa y con buena razón de procurarse en tiempos de aflicción y crisis existencial. Decidida a incorporarse al nuevo mundo, comenzaría por agarrar su bolsillo con un puño desafiante y una vena resaltada en su párpado derecho, volviéndose presa al martirio por los siguientes tres meses hasta egresar de la escuela vocacional convertida en secretaria actualizada en pulsos analógicos y estrenos de alineación dinámica de celdas con números y nombres de clientes.
Babeado de la mejilla derecha, Joaquín la limpió con la palma de su mano y restregó la baba en su camiseta. Se dio cuenta de que la película estaba por terminar, esto sin poder distinguir las imágenes frente a él, pues sus ojos hervían al ver la pantalla. Al apagar el televisor, quieto y adquiriendo noción de su entorno, sintió como un tumulto coagular en el centro de su frente, lentamente pulsando y brindándole molestia. Se levantó de la silla con un sopor que lo parecía mandar a un estado vegetativo, pero se negó a sucumbir en aquel mueble y se puso de pie. Con una mano masajeándose la nuca, se dirigió a su habitación, dejando detrás de cada paso un rastro de vencimiento como un motor averiado. Postrado en su cama, intentó aplacar sus pensamientos y se enfocó en los sonidos del exterior con tal de que lo arrullaran. Sin embargo, los soplos agudos y los azoteos de las ventanas en su cuarto parecían exclamarle algo que ningún otro sonido coherente podría transmitirle. Era una especie de melodía disonante que recitaba sobre un lazo entre la discordia de Joaquín y los suspiros de Ámbar al leer acerca de tacones indómitos y desamores resultantes en triunfo, estrecho hasta las reflexiones simpatizantes de Marco Antonio al leer en el periódico sobre los desbarajustes sociales causados por los discípulos del escandaloso aire liberal. Joaquín no pudo dormir esa noche, pensando en aquella figura de la mesera, en las cintas de videotape que lo conmovían, en el salvoconducto para abordar aquel avión destinado a la libertad, y en la sopa de letras de su niñez que presagiaban las miles de frases y dichos que se aprendería en el porvenir con tal de entender los enigmas de su vida. En aquella alcoba hermética, entre los revoltijos de la conciencia, la imaginación y las cobijas, Joaquín se enfrentó al pensamiento de cómo haría en la mañana para despertar.
