Obsequios marchitos

Me creía todo lo que me decían,
lo que los libros me narraban,
lo que la vecina anciana pregonaba,
lo que al enfermo lo curaba,
lo que a mis compañeros los despabilaba.


Creía encajar en sus mundos,
que las botas movilizaban las excursiones,
que los infortunios eran para los ignorantes,
que el fuego era redentor de los agravios,
que los bolígrafos engendraban la tinta con solo desearlo,
que los aviones eran de la estirpe de las aguilas,
y que yo podía trazar mis propios caminos.

Mas no puedo ni esclarecer las figuras perfectas,
ni sabría decirte que un ladrillo es un paralelepípedo,
ni que los adornos suspendidos desde los candelabros son octaedros,
sin tener que recurrir a un diccionario.


Y aún así no hay mente tan sabia,
ni libro tan revelador,
ni corazón tan abierto,
ni ojos tan nítidos,
para enfrentarse al más desamparado rincón de la verdad.

Published on